El redactor Avaya Hall examina cómo la repetición constante de imágenes violentas explota a las víctimas y desensibiliza al público en su columna, “Es tan profundo.”
El redactor Avaya Hall examina cómo la repetición constante de imágenes violentas explota a las víctimas y desensibiliza al público en su columna, “Es tan profundo.”
Advertencia sobre el contenido: violencia
Viviendo en un mundo saturado de fotografías y videos de violencia, muerte y sufrimiento, más y más personas del público están puestas como testigos — muchas veces sin consentimiento, preparación o elección.
Esta tensión entre la necesidad de ver, el peligro de la exposición y la aceleración de tecnologías de vigilancia plantea cuestiones urgentes sobre el papel que juega la fotografía en la democracia estadounidense.
“Nunca había habido tanta concentración de imágenes en ninguna otra forma de sociedad en la historia como la densidad de mensajes virtuales,” escribió John Berger, crítico de arte, en su libro “Ways of Seeing”.
Hoy en día, las imágenes no solamente informan al público, sino que parecen acosarlo. Ellas se repiten, persisten — pidiendo atención en lugar de consentimiento.
Esto lo aprendí el 25 de mayo de 2020 mientras un video del asesinato de George Floyd se propagaba sin fin en cada pantalla de cada casa, ahogándome en la desesperación.
En cada otro video que me saltaba, oía súplicas, veía su cara en el suelo y, aún peor — escuchaba la voz monótona más reciente, lista para disputar su muerte.
Aunque el video fue crucial para exponer la violencia del Estado contra comunidades marginalizadas, la circulación constante de los momentos finales de Floyd me sumió en un episodio depresivo — la conciencia se convierte en parálisis en lugar de empoderamiento.
Sin embargo, medios como ese video fueron importantes. Sin la evidencia visual, la injusticia es más fácil de negar. El crítico de arte Berger argumenta que cuando a las personas se les impide ver su historia, se les roba algo que les pertenece.
La fotografía preserva la verdad aun cuando las instituciones intentan borrarla. Como señala la curadora Sandra Phillips en su libro, “Exposed: Voyeurism, Surveillance, and the Camera Since 1870,” la fotografía tiene el potencial de ser políticamente explosiva, por lo cual los gobiernos y Estados trabajan tan duro para suprimirlas.
Por ejemplo, el jefe de noticias de CBS, Barry Weiss, bloqueó la publicación de una historia de “60 Minutes” que documentaba las condiciones de las cárceles en El Salvador, según NPR.
Además, los videos que documentan las muertes de Alex Pretti y Renee Good interrumpieron las narrativas oficiales que los presentaban como los agresores.
En momentos como estos, la fotografía es una herramienta democrática para exigir responsabilidad.
Sin embargo, la necesidad política de las imágenes no hace menos peligrosa su circulación.
La escritora y crítica de arte Susan Sontag advierte que la fotografía traspasa y anestesia en su colección de ensayos “On Photography.” La exposición repetida al sufrimiento entorpece la respuesta emocional, transformando la atrocidad en algo habitual y la conmoción en lo cotidiano.
En efecto, cuanto más vemos, menos sentimos. Lo que una vez provocó la acción empieza a amortiguarse en el ruido cotidiano del scrolling diario.
Este atontamiento no es incidental. Berger argumenta que la publicidad moderna convierte el consumo en un sustituto de la democracia. Ver empieza a confundirse con participar. Compartir un reel, un TikTok o un infográfico ahora sustituye a la organización.
Las imágenes dan al público un sentido de participación en la injusticia, aunque nada cambia materialmente. De este modo, la fotografía corre el riesgo de ser una herramienta que absorbe la energía política en lugar de ayudar a la movilización de activistas.
Esta tensión es omnipresente en la circulación constante de imágenes y videos del sufrimiento palestino. Videos de bombardeos, niños heridos y familias afligidas están republicados sin fin, pero a menudo reducidos a espectáculos de dolor.
Estas vidas están previstas pero no completamente reconocidas como humanas — se las ve sin que nadie llore su pérdida, se las documenta sin que sean defendidas.
La filósofa Judith Butler describe este desequilibirio en su libro “Frames of War: When Is Life Grievable,” planteando una pregunta sobre cómo las vidas están consideradas “lamentables,” argumentando que las fotos de tortura y humiliación son en sí mismas productos de una retórica en la cual algunas personas están consideradas menos-que-vivas.
Sontag argumenta que la fotografía refuerza tanto la retórica deshumanizante como desensibiliza a quienes las consumen – por eso, las fotos provocan la acción social con menos frecuencia.
“La cualidad del sentimiento, incluyendo la indignación moral, con que la gente debe armarse en respuesta a las fotografías de los oprimidos, los explotados, los hambrientos y los masacrados, depende también del grado de familiaridad con estas imágenes”, escribió Sontag.
La fotografía plantea preguntas éticas sobre la responsabilidad. Sontag argumenta que las cámaras permiten que los espectadores observen sin intervenir, liberándolos de la obligación moral.
“La cámara es una especie de pasaporte que aniquila las fronteras morales e inhibiciones sociales, liberando al fotógrafo de cualquier responsabilidad hacia la gente fotografiada,” escribió Sontag. “Tomar una fotografía es participar en la mortalidad, la vulnerabilidad y la mutabilidad de otra persona.”
En una era de vigilancia y documentación constante, esta disociación está normalizada. La muerte es consentimiento.
El director soviético Dziga Vertov una vez celebró la habilidad de la cámara para crear una percepción fresca del mundo, revelando lo que previamente había sido ocultado.
Sin embargo, el acceso no es necesariamente ético — particularmente cuando incluye imágenes gráficas de la muerte. La exposición no siempre lleva a la comprensión, a la movilización y a un mundo más unido; puede llevar a un mundo que aprecia menos la humanidad.
La fotografía permanece esencial para la democracia, pero no es una fuerza neutral. Exige ética de los fotógrafos, el discernimiento de quienes circulan las imágenes y la responsabilidad de quienes las consumen.
En un mundo saturado de evidencia visual constante del sufrimiento, la pregunta ya no es si la injusticia puede ser vista, sino si puede ser vista sin el atontamiento eventual – y cómo mirar la muerte de una persona se ha convertido en simplemente otra forma de contenido.
John FitzGerald is the translator for The Phoenix. A first-year student specializing in Romance languages, John’s passion for cultures overseas has led him to studies in French, Spanish, Italian, German, and Russian. He spends most of his time practicing harp repertoire, seeing concerts around the city and perusing international newspapers.
Avaya Hall is a first-year student majoring in anthropology and political science with minors in English and multi-media journalism. Avaya loves covering anything that allows her to see into people’s passions or brain dump about her current obsessions. Born and raised in rural Missouri, she enjoys exploring the city, reading, watching trash tv and holding conversations well past their end date.