El artista puertorriqueño Bad Bunny llenó el estadio Levi’s con ritmo, salsa y una orquesta en vivo para el Super Bowl LX.
El artista puertorriqueño Bad Bunny llenó el estadio Levi’s con ritmo, salsa y una orquesta en vivo para el Super Bowl LX.
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl de 2026 siempre eclipsa el partido real de fútbol americano y redefine lo que un espectáculo significa en un escenario televisado nacionalmente. El espectáculo de Bad Bunny no sería un programa para mirar desde los márgenes o en la casa pasivamente, y no fue el caso mucho antes de que entrara al estadio de fútbol Levi’s en Santa Clara, California.
La superestrella puertorriqueña nombrada artista para el Super Bowl LX ya ha sido un evento polarizado tanto social como políticamente y lleno de reacciones en contra, altas expectativas y el peso de la representación en un escenario nacional que raramente dio espacio a los artistas latinos como él.
El Super Bowl abrió con un espectáculo agradable y sin riesgo de Green Day, que tocó un conjunto de éxitos familiares como “American Idiot,” “Holiday” y “Boulevard of Broken Dreams,” canciones que una vez llevaron una mordacidad política que notablemente se sintió refrendada esta vez, ya que el conjunto fue completamente despojado de cualquier comentario del grupo normalmente muy franco.
Famosamente, el grupo cambió los versos de “American Idiot” a “no soy parte de la agenda de MAGA” y “No Trump, no KKK, no Estados Unidos fascistas” en espectáculos previos. El espectáculo muy puro de Green Day para el Super Bowl demostró un gran contraste con las acciones previas del grupo — incluyendo las de eventos realizados hasta ese fin de semana. Marcó el tono para una tarde que pareció como si todo hubiera sido cuidadosamente organizado, como si cualquier controversia hubiera sido previamente evitada.
Sin embargo, Bad Bunny no entró en el espectáculo de medio tiempo con motivos neutrales. Su anuncio como artista provocó reacciones en contra de comentadores conservadores que criticaron su música en español, escudriñaron su “americanidad” y continuaron sus viejos argumentos de quién merece uno de los más grandes escenarios en el país.
El año pasado, Kendrick Lamar enfrentó una reacción similar por parte de los conservadores — quienes aseguraron que su música era demasiado política. Lo que hace distinto este Super Bowl fue la creación de un espectáculo alternativo de medio tiempo calificado como “All-American” por la organización conservadora Turning Point USA. Los artistas participantes incluyeron a Kid Rock, Gabby Barrett, Brantley Gilbert y Lee Brice.
El plan inicial del espectáculo de medio tiempo patrocinado por Apple Music presentó a Bad Bunny no por su nombre artístico, sino como Benito Antonio Martínez Ocasio, seguido por subtítulos en español que leían “El espectáculo de medio tiempo del Super Tazón.” Desde el principio, el lenguaje — lo que fue un punto de controversia para la mayoría — no fue traducido ni reprimido. Fue auténtico a la naturaleza del espectáculo.
Lo que siguió no fue un aluvión de espectáculos y exceso, sino un mundo cuidadosamente curado, construido de escenas cotidianas de la vida latina — un carro de piragua, un juego de doble seis, mujeres pintándose las uñas, una barbería, una taquería de Villa’s, un caso de ‘compra oro y plata’ que se convirtió en una propuesta, una casita puertorriqueña tradicional y bailarines vestidos con ropa beige de trabajo que se movieron por hierba de la isla, campos de caña de azúcar y caminos estrechos de un laberinto.
El conjunto de Bad Bunny derivó de toda su carrera, incorporando el reguetón, dembow, salsa, mambo y elementos de orquestas en vivo. Canciones como “Titi Me Preguntó,” “Yo Perreo Sola” y “MÓNACO” fluyeron entre sí, con un muestreo breve de influencias como “Gasolina” de Daddy Yankee, una oda clara a los predecesores y raíces del género.
En lugar de promover solamente su álbum más reciente, Bad Bunny trató el espectáculo de medio tiempo retrospectivamente, honrando el linaje de música latina que preparó el terreno para su carrera y éxito. Cameos adicionales de figuras latinas como Cardi B, Karol G, Jessica Alba, Young Miko, Pedro Pascal y Ronald Acuña Jr. reforzaron quién exactamente estuvo al centro de este evento.
Uno de los momentos más memorables de la noche ocurrió cuando Bad Bunny dio su Grammy a un niño que miraba su discurso de aceptación en una televisión antigua en el sofá con sus padres. Había alguna especulación de si fue Liam Conejo Ramos, el niño de 5 años detenido por agentes de ICE, pero esto fue confirmado como falso.
No obstante, el momento resonó profundamente, sea intencional o no. La imagen de acercarse a un reflejo más joven de sí mismo y darle un testamento tangible de todo su trabajo duro y dedicación entrega un sentimiento universal: lo has logrado.
Los matices políticos fueron más explícitos durante “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, abierta por Ricky Martin, quien notablemente cantó desde una silla plástica que recuerda las fiestas latinas.
“Quieren quitarme el río y también la playa / quieren al barrio mío y que abuelita se vaya / no, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai / que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawaii,” cantó Martin.
Estas letras expresan el desplazamiento, la pérdida de tierra y el borrado cultural. La canción existe como una muestra de resiliencia, de no querer que el mismo borrado que devastó a Hawaii le pase a Puerto Rico.
Durante “El Apagón,” los bailarines bailaron sobre postes eléctricos — una referencia notable a los apagones actuales en Puerto Rico. Bad Bunny apareció más tarde agitando una bandera puertorriqueña, de pie y solo mientras los demás cerca de él trabajaban.
Este segmento particular fue mucho más aislado en términos de sonido y visuales, un momento distinto y singular — casi como un sentimiento quieto, pero no completamente carente de arte. La mayor parte del espectáculo fue similarmente llena de huevos de Pascua visuales que cuentan una historia sin palabras.
Mientras Bad Bunny dirigió a los espectadores a través de un escenario laberíntico, el público fue expuesto a la cultura latina. La hierba de la isla y las cañas de azúcar en las que los bailarines parecían trabajar a principios del espectáculo fueron una oda a la historia colonial de Puerto Rico y la explotación de los trabajadores de plantaciones. Otros elementos clave incluyeron las pavas llevadas por los trabajadores y Toñita, una mujer que dirige un club social caribeño en Brooklyn, Nueva York.
Comparado con su discurso de aceptación del Grammy al principio del mes, en el que declaró “ICE Out” y recordó a los espectadores que “La sola cosa más poderosa que el odio es el amor,” el espectáculo de medio tiempo se sintió refrenado y, a veces, hecho deprisa. Dejó la sensación de que quizás había algo más que quería decir o hacer pero no podía.
Sin embargo, cuando Bad Bunny sostuvo un viejo balón de fútbol americano inscrito con “Together, We Are America”, listando países americanos en voz alta mientras las banderas llenaban el cuadro, su mensaje fue inconfundible. No fue un intento de asimilar o traducirse a sí mismo para el consuelo de los demás. Fue una declaración de presencia y unidad.
El espectáculo cerró no con un final alucinante, sino con alegría mientras “Debí Tirar Más Fotos” fue tocada y los bailarines inundaron el campo con vestidos coloridos y mal emparejados. La uniformidad se rompió y la comunidad celebró el triunfo. Se sintió menos como una conclusión y más como una invitación a una fiesta posterior, haciendo que los espectadores quisieran seguirlos fuera del estadio y olvidarse del juego de fútbol americano.
El espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny no tenía un impacto global, pero es parte de la historia. En un momento en que los inmigrantes y las comunidades latinas están cada vez más siendo atacados, borrados o empujados a los márgenes más que nunca, su mera presencia llevó un peso.
Este no fue solamente un espectáculo. Fue un momento de reconocimiento, un momento para recordar la familia, las comunidades, el lenguaje, los lugares y el arte que cultivaron a quienes somos.
Quizás es por eso que el espectáculo dejó a tantos espectadores queriendo más — no porque fuera poco satisfactorio, sino porque los latinos raramente pueden verse reflejados en un escenario como ese. Por algunos minutos, el juego se desvaneció en el fondo, y lo que permaneció fue la cultura, la conexión, las memorias y el sentimiento de que, al menos por una noche, la comunidad latina fue parte de la conversación.

John FitzGerald is the translator for The Phoenix. A first-year student specializing in Romance languages, John’s passion for cultures overseas has led him to studies in French, Spanish, Italian, German, and Russian. He spends most of his time practicing harp repertoire, seeing concerts around the city and perusing international newspapers.